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Viabilidad y barreras para el ejercicio del derecho humano al agua y saneamiento en México
La pérdida de transparencia del origen de las cosas se relaciona, a la par,
con la sofisticación tecnológica y con el modo social en que se producen. De
ello da cuenta Marx en su obra cumbre,
El Capital
, a mediados del siglo
xix
.
Desde su horizonte teórico, centrado en el papel del trabajo, Marx encuentra
en el distanciamiento de la comprensión de las mercancías como obras hu-
manas la fuente de enajenación que las idealiza y convierte en fetiche.
El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simple-
mente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de estos
como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un
don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que
media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una
relación social establecida entre los mismos objetos al margen de sus produc-
tores (Marx, 1973: 37).
Detrás de la opacidad tecnológica y social que produce el fetichismo de la
mercancía y de la consecuente enajenación y divorcio con la naturaleza que
conlleva, encontramos una pérdida extrema de la autonomía humana para
con su propia subsistencia que presenta, como correlato, la adoración, de-
pendencia y ofuscación del hombre respecto de las cosas.
Queda así el hombre arrojado en lo artificial, en la cultura en ruinas, fuera de
la naturaleza y con la propia naturaleza en estado de catástrofe. El ser y el es-
tar ahí arrojado en el mundo es angustioso. Estar
yecto
o
arrojado
(Heidegger,
1998) en un mundo en que la naturaleza está en quiebra, arrinconada por la
artificialeza agrega un grado a la angustia, la vuelve desesperación, deses-
peranza. Antes del modo de producción capitalista, cada persona cumplía
por sí misma –o, al menos podía participar físicamente– de las actividades
necesarias para su subsistencia. Si acaso no lo hacía, conservaba la facultad
de hacerlo. Hoy lo hacen por él las máquinas: autos, computadoras, aviones.
Robots crecientemente sofisticados suplantan sus sentidos y su inteligencia,
lo enajenan de cualquier aspiración de albedrío. Al dejar de hacer las cosas
por sí mismo, deja de pensar por sí mismo. Haber cedido su autonomía a
nombre del confort, lo convierte en un ser de desesperanza, sin destino ni
tiempo e incapaz de distinguir vida de muerte; lo despoja de discernimiento
siquiera para encarar su angustia. Para remontar el desastre, en mucho, fi-
nalmente habremos de confluir con la propuesta de convivencialidad que for-
mula Iván Illich, “que ofrece al hombre la posibilidad de ejercer la acción más