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Derecho y responsabilidad por el agua
El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (
ipcc
, por sus siglas en
inglés) había establecido ese nivel de contaminación como una barreara que
no debería superarse para evitar que se entrara en una condición irreversi-
ble de incremento del calentamiento global de consecuencias catastróficas.
Los efectos han comenzado a manifestarse en el incremento de fenómenos
extremos que causan cada año cifras angustiosas de damnificados ambientales.
En suma, el panorama no podría ser más negativo, pues continuamos sin
poder satisfacer las necesidades hídricas y de saneamiento consideradas
elementales e indispensables para sostener la dignidad humana y, al mismo
tiempo, se prolonga y acentúa el modo de producir, distribuir y consumir que
está afectando, como nunca antes, el medio ambiente de la Tierra, al pun-
to de poner en riesgo la continuidad de la vida tal como la conocemos. Es
evidente que carece de sentido luchar por el derecho humano al agua y al
saneamiento cuando las mismas fuentes de satisfacción son objeto de des-
trucción, por parte del propio ser humano. Lo que está en juego es un cambio
de civilización. Un cambio que pasa por superar la idea de la tecnología como
dominio de la naturaleza y de la economía basada en la explotación ilimitada
de la naturaleza. Retomaremos el análisis de la evolución de la tecnología
para comprender el sentido posible de ese cambio.
La tecnología sencilla, campesina y artesanal que privó hasta antes de
la Revolución industrial, era transparente para todos. Surcar la tierra con el
arado mostraba al campesino y al que no lo era la relación y efecto de la
herramienta en y con el suelo. Era tecnología comprensible y accesible en
su factura y utilización. (Cfr. Ortega y Gasset, 1982: 14-16). La expansión
y complicación de las herramientas hasta transformarse en máquinas auto-
gestivas opaca el cómo de su hechura, mitifica su significado y distancia al
hombre de su apego físico con el instrumento, de su comprensión y control.
La herramienta se convierte en su propio fin, se pervierte su propósito (Illich,
2011: 392) y se corrompe el imperativo kantiano. Los objetos industriales y
cibernéticos se separan del hombre y se divorcian de la naturaleza y, con ello,
se da lugar al nacimiento de la sobrenaturaleza o “artificialeza” (Morin). Fuera
de la naturaleza las cosas se “rebelan” y dejan de revelarse, se ocultan, ya
no se entienden, sólo se desean, y como el deseo está en el ámbito del ob-
jeto, no del sujeto, el hombre común pierde su autonomía: ya no sabe hacer
las herramientas, ya no comprende lo que son y, simultáneamente, ya no es
capaz de vivir sin ellas.